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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Curso de 1969, Atienza


De la Revista Atienza de los Juglares, extraemos este relato donde se narran vivencias cotidianas de tiempos pasados y que a muchos guadalajareños/as, nacidos en la zona ya hace algunos años , nos trae a la memoria personajes ya casi olvidados .

ATIENZA EN EL AYER: CURSO DE 1969


En la taberna del tío Casillas, bajo los soportales del Ayuntamiento, olía a vino peleón por aquellos días. La figura oronda del tío Casillas no pasaba desapercibida. Tampoco la de su mujer. Ni la de la tía Gallega, en cuya tienda del callejón de las plazuelas se dejaba palpar el olor del escabeche. En cambio en la tienda de la señora Teresa, pasado el Arco de San Juan, olía a morcillas a recién echas, ya fuese en invierno o en verano. La taberna del tío Casillas era un mundo enrevesado de frascas de vino, de latas de conservas y cajas de arenques. La de la tía Gallega una tienda oscura en la que se podían juntar todos los misterios de las tiendas de pueblo. La de la señora Teresa la pulcritud personalizada a través de una mujer que no pasaba desapercibida, por su luchadora personalidad , y por su constante andar de un lado para el otro, bayeta en mano, limpiándolo todo.


La taberna del tío Navarro, frente a la fragua del tío Juanito, comenzaba a olvidar lo que fue en su tiempo y el tío Navarro comenzaba poco a poco a retirarse. También de ella escapaba el olor del vino peleón, mientras el fuelle del tío Juanito parecía resoplar desde las profundidades de su averno y al otro lado de la calle, en la fragua del tío Bomba, entre las oscuridades de unas paredes cubiertas de negro a base de almacenar una tras otra las capas de humo a lo largo de años, pudieran ser cien lo mismo que doscientos, el golpear del martillo sobre el yunque, con un sonido de campanas en día de fiesta mayor, daba a la estrechez del último tramo de la calle Real un aire de irrealidad.

Y es que tanto las tabernas como las fraguas de Atienza, por aquellos días, esperaban sacar algún que otro rendimiento extra en torno al movimiento peliculero. No hacía mucho que el tío Casillas había descubierto un suculento negocio, el día aquel en el que aparecieron unos cuantos turistas llegados desde Madrid para visitar las excelencias atencinas, entraron en la taberna y se quedaron prendados con los banquillos distribuidos en torno a las mesas. El tío Casillas presumía de haberlos vendido a quinientas pesetas la unidad, y de preparar nuevas remesas, ya encargadas, a los carpinteros de Galve, por si el aquél…

También el casino, con su aire particular de sala de recreo para la alta sociedad parecía remozarse con una pasada de pintura a sus paredes, aunque continuase manteniendo el mismo aire del siglo XIX, con la pianola embarrancada en las últimas fiestas, los veladores de mármol navegando entre las mesas de juego, y el tío Liborio 25 entreteniendo las tardes ejerciendo entre partida y partida, de tus, julepe o mus y, de cuando en cuando, distrayendo un café, una copa o un botellín..

Todo en Atienza, a pesar de los calores, menos sofocantes de los que ahora inundan las tardes de paseo, parecía girar en torno al tema de la película. Y desde las eras,mientras las yuntas de mulas giraban una y otra vez en torno a las parvas de mies, se miraba hacía el castillo, como si ya, sobre él, todos viésemos el nuevo Hollywood en el que esperábamos que Atienza se convirtiese. Y es que casi todo el mundo araba, trillaba y acarreaba con mulas, salvo muy escasas excepciones. Los Melitones lo hacían con bueyes o vacas, y causaba dmiración en los chiquillos ver uncidos a un carro a una yunta de vacas.

La la maquinaria agrícola moderna todavía estaba iniciando los primeros pasos del modernismo en Atienza. Se segaba a mano, se acarreaba a lomos de mula y se continuaba trillando con trillo. Claro que cuando los Luquillas aparecieron en Atienza con su tractor anaranjado, y antes con su aventadora, y después con aquella trilladora inmensa que parecía la locomotora de un tren de mercancías, todos pensamos, siguiendo la idea de los mayores, que el mundo comenzaba a volverse del revés. Lo cierto era que la enorme trilladora de los Luquillas, enganchada a su tractor, era capaz de comerse todas las hacinas de las eras en un santiamén, y eso era todo un avance. Espectacular. Aunque el tamo de la cebada continuase picando lo mismo con máquina que sin máquina.


El rún rún de la trilladora del tío Luquillas recorría las eras de punta a punta, y todavía giraba para tomar el paseo de la Alameda y entrar en Atienza doblando por la casa del tío Cayo para entrar en la calle Real. Porque aunque la casa del tío Cayo la habían derribado, por aquello de dar más visibilidad a la carretera, o algo así, el solar se continuaba llamando “la casa del tío Cayo”, hasta que sobre la pared medianera instalaron los azulejos azulados de “Telefunken”, bajo la mirada severa del señor Félix Pérez, “Almacenes Robisco”, que anunciaba que, hasta Atienza, llegaban los modernos aparatos de radio y televisión, adquiribles en su almacén, lo más parecido a cualquier gran centro comercial que en cincuenta kilómetros a la redonda se podía encontrar.

Si alguien, por aquellos día del mes de agosto de 1969, en Atienza, se encontraba dichoso y presumiendo de lo había y de lo que vendría, ese era el tío Pedro, el Luquillas. Su máquina trilladora, como antes lo hizo la aventadora, había revolucionado la mecánica agrícola de Atienza. Los otros eran los mozos, que por los Argollones, por el barranco Pajillas y, de casa en casa, andaban como locos buscando los viejos cueros de vino, ya inútiles; las botas y los botillos inservibles para, la noche de San Roque, iniciar esa tradicional procesión, mitad lúdica mitad religiosa que, desde las mismas puertas del hospital de Santa Ana, hasta las mismas puertas de la capilla del Santo en la calle de Cervantes, los llevaría, viaje de ida y viaje de vuelta, mientras el fuego de los cueros permaneciese, procesionando calle Real arriba, calle Real abajo, atizando las lumbreras encendidas en San Gil, frente al Ayuntamiento o en la Zapatería, donde el sonido de la gramola, con aires de pasodoble, anunciaba que Atienza, esa noche, estaba de fiesta. Y había motivos para estarlo, porque era tanto lo que se esperaba a partir de septiembre que...

Autor: T. Gismera

1 comentario:

Jose Maria Moreno Perucha dijo...

Soy Jose Maria, de Naharros, te felicito por tu blog, el articulo del "Tio Casillas" me ha encantado.
Te paso la direccion de mi blog
www.naharros.blogspot.com