"Donde la piedra recuerda"
En la Sierra Norte, donde los valles se pliegan como páginas de un libro antiguo, hay pueblos que no figuran en los mapas, y senderos que sólo existen cuando alguien los sueña. Uno de ellos es Alpedroches, donde las casas de piedra parecen haber brotado de la tierra y el aire huele a tomillo, a leña y a tiempo detenido.
Dicen que en Alpedroches apareció un día una mujer vestida de azul añil. No traía equipaje, sólo una flauta de madera y un cuaderno sin letras. Caminaba despacio, como si escuchara algo que los demás no podían oír: el susurro de las piedras, el crujido de las casas vacías, el eco de los que se fueron.
Los pocos habitantes que quedaban la miraban con curiosidad, pero sin preguntas. En la Sierra, las preguntas se hacen al viento, no a los forasteros. Ella se instaló en una casa abandonada, donde el tejado dejaba pasar la luz como si fuera agua. Cada mañana salía a recorrer los caminos, anotando en su cuaderno cosas que no se veían: “el silencio de los pinos”, “la sombra que se mueve sin dueño”, “el olor a fiesta que aún vive en las piedras”.
Una tarde, mientras el sol se deshacía sobre los cerros, la mujer tocó su flauta en la plaza. No era música alegre ni triste, sino algo más antiguo, como si el sonido viniera de debajo de la tierra. Las piedras vibraron. Las puertas entreabiertas se cerraron solas. Y en el aire, por un instante, se oyó el murmullo de voces que no estaban allí.


